domingo, 15 de marzo de 2015

Toros: La razón moral




Por: Javier Berrio
ESPAÑA | 17 DE AGOSTO DE 2014
Los comentaristas también se alimentan de informaciones orales. Así, llego a saber que determinada figura del toreo ha llegado a cobrar más de 90.000 euros por algunas de sus corridas. Esa cantidad de dinero por acabar con la vida de dos animales nobles que quizás se podrían preguntar qué hacen en ese lugar circular, como un foro romano, y por qué se le expone a una situación de tortura, humillación con final de muerte; de acabamiento –suerte suprema se atreven a llamarlo- tantas veces con torpeza que alarga la agonía del animal.
Supongo que algo parecido debían preguntarse los capturados por el Santo Oficio –Santa Inquisición-, cuando se les apresaba sin sentido, sin motivo y se les torturaba para que reconociesen lo que no habían hecho. La odiosa inqusición pertenece a la historia de España, de Portugal y de otros lugares donde se mantiene la fiesta taurina, en unos lugares con mayor ensañamiento que en otros. La inquisición desapareció, pero los toros, la fiesta de la masacre sobre el bovino, no.
Una sociedad moralmente desarrollada no puede permitirse la barbaridad sacralizada bajo el apelativo de “cultura”. Es falso que el toreo pueda considerarse un algo cultural cuando lleva inscrito el olor de la sangre y de la tortura de un animal. Miren ustedes: estoy dispuesto a entender que hasta el final del franquismo, con la exaltación racial propia de los regímenes fascistas, el toreo fuese defendido como una expresión propia ibérica.
Pero el tiempo ha cambiado y el crecimiento individual hacia posiciones éticas y morales en nuestra relación con la naturaleza, hace insostenible la defensa de la inmolación absurda, sin fin en sí mismo, de un animal. Incomprensible, doloroso, vejante. Algo primitivo pervive en los genes taurinos sin que tantos seres sensibles y con la mente abierta sigan gustando del improperio que supone asistir a una corrida de toros en la que unos señores se hacen ricos en el regusto de la expiración atormentada del animal.
Andalucía es una tierra especialmente españolizada: ocupada, repoblada y endoculturada –en sentido antropológico-, en el españolismo más férreo. Tanto, que tan siquiera se ve a sí misma y no muestra el menor deseo de posicionarse ante lo que se le impone; tan siquiera lo ve. Como tantas veces he defendido la posibilidad y necesidad de que Andalucía se convierta en la punta de lanza del desarrollo del Estado, así me gustaría hoy hacerlo sobre una costumbre que no debe enorgullecernos, sino bien al contrario.
Vivimos la plenitud del siglo XXI sin que el progreso de nuestras normas morales cambie lo suficiente. Es necesario llevar a los individuos al afrontamiento moral de sus propias circunstancias, las personales primero y las del grupo después. Andalucía es un todo compuesto por seres libres a los que hay que dar la oportunidad de saber elegir entre lo éticamente aceptable y lo que no lo es.
El sacrificio de un animal convertido es espectáculo, nos empequeñece como personas, como seres autoconscientes. Ese proyecto, el del cuestionamiento moral de nuestra posición frente a la vida de los animales es el que debe prevalecer por encima de las tradiciones y de lo supuestamente cultural. Para éso están las escuelas y el aprendizaje social.
En cuanto a lo último, hay mucho que cuestionarse y respecto de la escuela, ya ven ustedes, si tan siquiera se cuenta la historia tal como fue. Y el papel de los medios de comunicación ha quedado en la exaltación de la “fiesta”, dejando sin cumplimiento su esfuerzo por mejorar las sociedades sobre las que ejercen su influencia.
Fuente: HuelvaYa

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